Rosa llegaba a las ocho menos cuarto. Siempre. El conserje le abría antes de la hora oficial porque Rosa le caía bien y porque, en realidad, Rosa les caía bien a todos. Dejaba el bolso en el cajón de la izquierda, encendía el ordenador, se ponía las gafas de cerca y empezaba.
Cuatrocientas solicitudes al mes. Algunas más en septiembre, cuando se abrían los plazos. Cada solicitud era un PDF, a veces bien hecho y a veces un escáner torcido de un documento rellenado a mano con letra que Rosa había aprendido a descifrar con los años. La primera hora de cada mañana, Rosa las leía. Todas. Una por una. Decidía si eran de tipo A, B o C. Decidía si estaban completas o faltaba documentación. Decidía a qué departamento iba cada una. Y las movía.
Llevaba haciéndolo ocho años.
El director lo llamaba «el proceso de triaje». Rosa lo llamaba «leer los papeles».
Lo que Rosa sabía sin saber que lo sabía
Rosa no era informática. No era analista. Era administrativa, con una oposición aprobada en 2011 y un curso de Excel que hizo en 2014 y del que recordaba lo justo para hacer tablas sencillas. Pero Rosa tenía algo que no se aprende en un curso: criterio.
Sabía que cuando un solicitante escribía «renovación» en el asunto pero el formulario era de nueva solicitud, casi siempre era una renovación y el solicitante se había equivocado de formulario. Sabía que los documentos que llegaban desde Cartagena solían tener el NIF en un sitio distinto que los de Murcia capital. Sabía que cuando faltaba el certificado de empadronamiento, no merecía la pena pedir subsanación si la solicitud era de tipo C, porque tipo C no lo requería aunque el formulario dijera que sí, porque el formulario no se había actualizado desde 2019.
Todo eso estaba en la cabeza de Rosa. En ningún manual. En ningún documento de procedimiento. El procedimiento oficial decía una cosa. Rosa hacía otra. Y Rosa tenía razón.
El día que Rosa no estuvo
Rosa se jubiló en febrero. Lo anunció con dos meses de antelación, como corresponde. El director le organizó una despedida con tarta y discurso. Alguien le regaló un libro de viajes. Rosa agradeció todo con una sonrisa breve y se fue a su casa pensando en que por fin iba a poder regar las plantas por las mañanas sin prisa.
Su sustituta, Elena, llegó el lunes siguiente. Elena era competente, organizada y rápida con el ordenador. Mucho más que Rosa. Le enseñaron el proceso. Le dieron el manual. Le dijeron que si tenía dudas preguntara.
Elena tuvo dudas desde el primer día.
Una solicitud de Cartagena. ¿Tipo A o tipo B? El manual decía que dependía del formulario presentado. Pero el formulario era ambiguo. Rosa habría sabido que era tipo B porque ese solicitante había presentado una tipo A el año anterior y esta era la continuación. Elena no lo sabía. ¿Cómo iba a saberlo?
Un escáner torcido. Elena no podía leer el NIF. Llamó al solicitante. Tardó un día en que le devolvieran la llamada. Rosa habría mirado el reverso del documento, donde ese ayuntamiento concreto siempre ponía un sello con el NIF legible.
Tres semanas después, Elena llevaba un retraso de cincuenta y dos solicitudes. No porque fuera mala. Porque no era Rosa. Y el sistema necesitaba a Rosa para funcionar.
La máquina que aprendió de Rosa
Un sistema de clasificación inteligente no sustituye a Rosa. Aprende de Rosa. Se alimenta de los ocho años de decisiones que Rosa tomó: qué solicitudes clasificó como A, cuáles como B, cuáles como C. Qué patrones seguían las que estaban completas y cuáles las que necesitaban documentación adicional. Qué errores de formulario eran realmente errores y cuáles eran solicitantes que simplemente usaban el formulario equivocado pero sabían lo que pedían.
Después, cuando llega una solicitud nueva, el sistema la lee. La clasifica. Detecta si falta documentación. La envía al departamento correspondiente. No con certeza absoluta. Con una confianza del noventa y tantos por ciento que una persona puede revisar en segundos, en vez de leer el documento entero.
Elena sigue ahí. Pero ahora su trabajo no es leer cuatrocientas solicitudes al mes. Es revisar las que el sistema marca como dudosas. Que son cuarenta. Y dedicar el resto de su tiempo a resolver problemas reales en vez de a clasificar papeles.
Lo que nadie quiere oír
Hay una conversación que las organizaciones evitan. La conversación sobre qué pasa cuando se va la persona que sostiene un proceso. No cuando se va el director. Cuando se va Rosa. La administrativa, la técnica, la persona de recepción que sabe a quién hay que llamar cuando algo se atasca. Las personas que no salen en el organigrama pero sin las que el organigrama no funciona.
El conocimiento de esas personas es un activo. Un activo que no aparece en ningún balance y que desaparece cuando firman la jubilación. A menos que alguien lo capture antes.
No en un manual de cuarenta páginas que nadie va a leer. En un sistema que haga lo que Rosa hacía, con lo que Rosa sabía, sin necesitar que Rosa esté.
Un gesto
Elena le llamó por teléfono un mes después de la jubilación. Rosa contestó desde el balcón, regando un geranio.
—Rosa, una pregunta rápida. Las solicitudes de Águilas, ¿van directas a urbanismo o pasan primero por licencias?
—Depende. Si el terreno es rústico, licencias. Si es urbano, urbanismo directo.
—¿Y cómo sé si es rústico?
—Mira la referencia catastral. Si empieza por treinta, es urbano. Si empieza por cero, rústico.
Elena apuntó. Rosa siguió regando. El agua caía sobre las hojas del geranio con un sonido que Rosa llevaba ocho años sin oír a esa hora de la mañana.
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