Óscar me llamó un martes a las nueve de la mañana. Lo primero que dijo fue que quería inteligencia artificial para su empresa. Lo segundo, que había leído un artículo en Cinco Días. Lo tercero, que su cuñado ya la tenía.
—¿Y qué hace tu cuñado con ella?
—Pues le pregunta cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas del negocio.
—¿Y le responde bien?
—Dice que sí.
Óscar tiene una empresa de distribución de material de oficina en Albacete. Cuarenta y dos empleados, ocho furgonetas, un almacén que funciona con un ERP del dos mil quince y una administrativa, Loli, que lleva la facturación con una combinación de ese ERP, tres hojas de Excel y una libreta donde apunta lo que ninguno de los otros dos sistemas recoge.
Lo que Óscar quería era poner ChatGPT. Así lo dijo. ChatGPT. Como quien dice que quiere poner aire acondicionado. Lo había visto en una charla del polígono, se lo había enseñado un proveedor en el móvil y le había parecido cosa de magia.
—Si le preguntas algo, te contesta. Como una persona.
—Ya. ¿Y qué le vas a preguntar tú?
—Pues lo que necesite saber.
Le pregunté qué necesitaba saber. Se quedó callado un momento. Luego dijo que necesitaba saber qué clientes le debían dinero, cuáles habían dejado de comprar, qué producto se vendía más en qué zona y si el margen de las furgonetas de Cuenca daba para seguir con la ruta. Cosas así.
Lo que Óscar no sabía
Le expliqué algo que no es fácil de explicar sin que suene a que le estás corrigiendo. Porque a nadie le gusta que le corrijan, y menos a un hombre que lleva veintidós años sacando adelante una empresa.
ChatGPT es un modelo de lenguaje. Entiende texto, genera texto, conversa. Es brillante para eso. Pero los datos de la empresa de Óscar no están en texto. Están en el ERP, en las hojas de Excel, en la libreta de Loli. ChatGPT no sabe que el cliente de Hellín lleva cuarenta y siete días sin pagar. No puede saberlo, porque nadie se lo ha dicho. Y aunque se lo digas, lo que necesita Óscar no es una conversación: es una tabla con los morosos ordenados por días de retraso y un color rojo cuando pasan de sesenta.
Eso no es un modelo de lenguaje. Eso es una consulta a una base de datos, una regla de negocio y un panel donde mirarlo. Inteligencia artificial, sí. Pero de la otra. De la que no sale en los periódicos.
—Entonces, ¿ChatGPT no me sirve?
—Para lo que tú necesitas ahora mismo, no.
—¿Y lo de mi cuñado?
—Tu cuñado le pregunta a ChatGPT cómo redactar emails. Que está muy bien. Pero no es lo mismo.
Óscar se quedó mirando el teléfono como quien mira un billete de lotería que ha resultado ser del sorteo equivocado.
Loli y el cuaderno rojo
Esa semana fui a Albacete. Me senté con Loli en su mesa, entre la impresora y una planta de plástico que llevaba ahí desde que la empresa se mudó al polígono. Loli me enseñó su sistema. Tenía lógica. Tenía sentido. Lo que no tenía era conexión con nada.
—¿Y esto de aquí? —le pregunté señalando una columna en la libreta.
—Eso son las devoluciones que el ERP no recoge.
—¿Por qué no las recoge?
—Porque cuando hicieron el ERP no existían las devoluciones parciales. Luego empezamos a hacerlas y nadie lo cambió.
—¿Desde cuándo?
—Desde el dieciocho.
Ocho años de devoluciones parciales apuntadas a mano en un cuaderno rojo. Datos que existían pero que ningún sistema veía. Cuando Óscar le preguntara a ChatGPT por el margen de la ruta de Cuenca, ChatGPT no iba a saber que la mitad de los pedidos de Cuenca volvían parcialmente. Iba a inventar una respuesta convincente. Eso es lo que hacen los modelos de lenguaje cuando no tienen datos: inventan. Con mucha educación y buena gramática, pero inventan.
La herramienta justa
Lo que hicimos fue otra cosa. Conectamos el ERP con las hojas de Excel de Loli. Sacamos las devoluciones del cuaderno rojo y las metimos en el sistema. Construimos un panel —no un chatbot, no un modelo de lenguaje— que mostraba en una pantalla lo que Óscar necesitaba ver: morosos, productos por zona, margen por ruta, clientes que habían dejado de comprar.
No era espectacular. No conversaba. No generaba textos. No impresionaba en una charla del polígono. Pero a las dos semanas, Óscar descubrió que la ruta de Cuenca, la que creía que no daba, en realidad daba bien si descontabas las devoluciones que estaban mal contabilizadas. Y que el cliente de Hellín no estaba moroso: tenía un abono pendiente de aplicar que Loli había apuntado en el cuaderno pero que nadie había pasado al ERP.
—O sea, que no nos debía nada.
—Treinta y dos euros. El resto era un error nuestro.
Óscar llamó al de Hellín esa tarde. Llevaba dos meses sin pedirle. El de Hellín le dijo que se había ido con otro proveedor porque pensaba que le habían dejado de fiar.
Inteligencia artificial, pero de la de verdad
A la gente le pasa con la inteligencia artificial lo que le pasa con la electricidad: piensa que es una cosa cuando en realidad es muchas. Un enchufe, una bombilla, un transformador, un rayo: todo es electricidad, pero no es lo mismo. ChatGPT es un rayo. Espectacular, potente, impresionante. Pero si lo que necesitas es una bombilla que se encienda todos los días a las siete de la mañana, el rayo no te sirve.
Hay IA que clasifica documentos sin equivocarse. Hay IA que detecta patrones en datos de ventas. Hay IA que predice qué cliente se va a ir antes de que se vaya. Ninguna de esas necesita conversar contigo. Ninguna necesita un modelo de lenguaje de miles de millones de parámetros. Son soluciones más pequeñas, más baratas, más fiables y, sobre todo, más adecuadas al problema.
El truco —si es que hay truco— está en no enamorarse de la herramienta antes de entender el problema.
Lo que importa, sin rodeos
Un modelo de lenguaje entiende texto y genera texto. Si tu problema son datos dispersos en sistemas que no se hablan, lo que necesitas no es una conversación con una máquina: es un panel que conecte esos datos y te los ponga delante.
La inteligencia artificial no es solo ChatGPT. Es también la consulta, la clasificación, el patrón que ningún humano vería en una hoja de cálculo. Y casi siempre, la solución correcta es más sencilla y más barata de lo que te han contado.
Tres meses después volví a Albacete por otra cosa. Loli seguía en su mesa, entre la impresora y la planta de plástico. Pero ya no tenía el cuaderno rojo. Le pregunté por él.
—Está en el cajón —me dijo—. Por si acaso.
Se levantó, fue a la máquina de café, volvió con dos vasos y me puso uno delante.
—¿Sabes lo mejor? —me dijo, sentándose—. Que Óscar ya no me pregunta cuánto debe el de Hellín. Lo mira él solo.
Removió el café con una cucharilla de plástico. Dio un sorbo. Se quedó mirando la pantalla del ordenador donde, por primera vez en veintidós años, todos los números estaban en el mismo sitio.
—Eso sí que es inteligencia —dijo. Y no sé si se refería a la artificial.
¿Tu empresa necesita IA o necesita ver sus propios datos?
A veces la solución no es la que sale en los titulares. Una conversación sobre tu negocio puede aclarar qué herramienta encaja de verdad.
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