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El contrato que nadie encontraba

El documento existía. Estaba pagado, firmado y guardado. El problema no era tenerlo: era encontrarlo.

A Joserra le sonó el teléfono un jueves a las once. Era un cliente importante, de los de pedido grande cada trimestre, preguntando una cosa concreta: en el contrato que firmaron hacía tres años, ¿qué se había pactado sobre el plazo de las devoluciones? Quince días, decía el cliente. Treinta, le sonaba a Joserra.

—Déjame que lo mire y te llamo en cinco minutos.

No le llamó en cinco minutos. Le llamó al día siguiente por la tarde.

Porque el contrato estaba. Eso no era el problema. Estaba pagado, estaba firmado, estaba guardado. El problema era dónde. Joserra empezó por la carpeta del cliente en el servidor. No estaba. Probó en una carpeta antigua que se llamaba «Contratos 2023», pero los contratos de ese año estaban a medias allí y a medias en el correo de una persona que ya no trabajaba en la empresa. Llamó al gestor, que tenía una copia, pero el gestor estaba de viaje. Al final lo encontró una administrativa, en un PDF escaneado, dentro de una subcarpeta que se llamaba «Varios firmado def FINAL».

Eran treinta días. El cliente tenía razón a medias y Joserra también. Pero la respuesta había costado día y medio, una llamada al gestor y la sensación, otra vez, de que en su propia empresa la información jugaba al escondite.

Lo que la empresa sabía y no podía recordar

La empresa de Joserra, una distribuidora de material de hostelería en Valencia, sabía muchísimo. En sus carpetas había trece años de contratos, condiciones pactadas con cada proveedor, manuales de producto, garantías, correos con acuerdos, presupuestos aceptados. Todo el conocimiento de cómo funcionaba el negocio estaba escrito en algún sitio.

El problema es que «en algún sitio» no es un sitio. Estaba repartido en miles de documentos, con nombres puestos por veinte personas distintas a lo largo de trece años, cada una con su criterio, o sin ninguno. «Contrato_final_v2», «esto es lo bueno», «mandar a Pepe». Carpetas dentro de carpetas. PDFs escaneados que ni siquiera se podían buscar por texto, porque eran fotos de un papel.

La empresa, en realidad, no tenía un problema de memoria. Tenía un problema de recuerdo. Lo sabía todo. No podía acordarse de nada a voluntad. Y cada vez que necesitaba recordar algo concreto —una cláusula, un precio pactado, una condición—, mandaba a una persona a buscar, a veces durante horas, lo que ya tenía pero no encontraba.

Lo que pedía y lo que necesitaba

Joserra me llamó pidiendo «ordenar las carpetas». Quería que alguien metiera mano al servidor, renombrara los archivos y los pusiera en su sitio. Un trabajo de meses, carísimo, que duraría hasta que la primera persona volviera a guardar un documento con prisa y mal nombre. Es decir, hasta la semana siguiente.

Le propuse otra cosa. No ordenar los documentos, sino ponerles encima un buscador que entendiera lo que hay dentro. Algo a lo que pudieras preguntarle, con tus palabras, «¿qué plazo de devolución pactamos con Hostelería del Turia en 2023?», y que te contestara con la respuesta y, debajo, el documento exacto de donde la ha sacado, para que la puedas comprobar.

—¿Eso existe?
—Eso es de lo poco que la inteligencia artificial de hoy hace de verdad bien.

Cómo funciona, sin humo

La idea es más sencilla de lo que parece. Se cogen todos los documentos de la empresa —los contratos, los manuales, los correos importantes, hasta los PDFs escaneados, que primero se pasan a texto— y se le da a un sistema la capacidad de leerlos y entenderlos. No de memorizarlos: de entenderlos, que es distinto.

Cuando tú haces una pregunta, el sistema no busca palabras sueltas como el buscador del ordenador, que te exige acordarte del nombre exacto del archivo. Busca por significado. Si preguntas por «plazo de devoluciones», encuentra la cláusula aunque el documento diga «periodo para la restitución de mercancía», porque entiende que es lo mismo. Y cuando la encuentra, te da la respuesta en una frase y te enseña el trozo exacto del documento original, con su nombre y su fecha, para que veas que no se lo ha inventado.

Eso último es lo importante, y es lo que separa una herramienta seria de un juguete. El sistema no sustituye al documento ni te pide que te fíes de él a ciegas. Te lleva al documento. Hace lo que haría un compañero que se conociera de memoria los trece años de archivo: «mira, esto se pactó aquí, página cuatro, échale un ojo».

Lo que cambió en la empresa de Joserra

Pusimos el buscador a leer todo el archivo. Tardó un par de semanas en estar a punto, sobre todo por los PDFs escaneados, que hubo que convertir a texto uno por uno con una herramienta. Cuando estuvo listo, le enseñé a usarlo a Joserra con su propia pregunta del jueves.

Escribió: «plazo de devoluciones contrato Hostelería del Turia». En cuatro segundos: treinta días, cláusula sexta, contrato firmado el 14 de marzo de 2023, y el enlace al PDF. Lo que le había costado día y medio, ahora costaba el tiempo de escribir la pregunta.

Pero lo bueno vino después, con los usos que ni Joserra ni yo habíamos previsto. El comercial nuevo, que llevaba dos meses y no se sabía las condiciones de nadie, dejó de interrumpir a los veteranos: le preguntaba al buscador. La persona de compras encontraba en segundos qué le había prometido cada proveedor. Y cuando alguien se iba de la empresa, su conocimiento ya no se iba con él, porque estaba en los documentos y los documentos ya se podían consultar.

El conocimiento que deja de irse por la puerta

Hay una cosa que me dijo Joserra al cabo de un par de meses que resume bien para qué sirve esto.

—Lo que más me ha sorprendido no es lo rápido que encuentro las cosas. Es que ya no me da miedo que se jubile Andrés.

Andrés llevaba veintiocho años en la empresa y se lo sabía todo: qué se pactó con quién, por qué se cambió de proveedor en 2015, qué cliente tenía un trato especial y desde cuándo. Todo eso, hasta entonces, vivía en la cabeza de Andrés y en documentos que solo Andrés sabía encontrar. El día que Andrés se fuera, la empresa iba a perder veintiocho años de memoria.

No hemos metido a Andrés en una máquina, ni falta que hace. Pero hemos hecho que los documentos que Andrés sabía encontrar los pueda encontrar cualquiera, preguntando como se le pregunta a una persona. La memoria de la empresa ha dejado de depender de que esté Andrés. Y eso, para una empresa de trece años, vale más que ordenar mil carpetas.

Porque las empresas casi nunca tienen un problema de no saber. Tienen un problema de no poder recordar a tiempo lo que ya saben. Y eso, hoy, tiene solución.

Buscar por significado, no por nombre de archivo

El buscador del ordenador te obliga a acordarte de cómo se llama el archivo. Si lo guardó otra persona, con otro criterio, hace cinco años, no lo encuentras. Por eso una empresa puede tenerlo todo y no encontrar nada.

Un buscador con IA sobre tus propios documentos busca por lo que las cosas significan, no por cómo se llaman. Le preguntas con tus palabras y te devuelve la respuesta junto al documento exacto de donde la saca, para que la compruebes. No hay que reordenar trece años de carpetas: hay que poner encima algo que sepa leerlas.

¿Tu empresa lo sabe todo pero no encuentra nada?

Si tu equipo pierde horas buscando contratos, condiciones o documentos que sabe que existen, se puede poner un buscador con IA encima de lo que ya tienes. Podemos mirarlo juntos.

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