Home/Blog/Software a medida

La copia que nadie había probado

Tenían copia de seguridad. La luz estaba verde. El día que la necesitaron, descubrieron que llevaba siete meses guardando una carpeta vacía.

La asesoría de Inma, en un pueblo grande de Toledo, tenía copia de seguridad. Eso lo decía Inma con tranquilidad cuando alguien le preguntaba. «Nosotros hacemos copia». Había un aparato pequeño en un rincón del despacho, con una lucecita verde, que cada noche se encendía y hacía un ruidito. Llevaba años allí. La lucecita estaba verde. Todo el mundo dormía tranquilo.

El día que el ordenador principal no encendió fue un martes de febrero. No daba señales. Lo miró el informático del pueblo, el que les arreglaba las cosas, y dijo que el disco había muerto, así, sin avisar, como mueren los discos. «No pasa nada —dijo Inma—, tenemos copia». Y fueron al rincón, cogieron el aparato de la lucecita verde, y lo abrieron para sacar lo de dentro.

Dentro había una carpeta. Y la carpeta estaba casi vacía.

Lo que la lucecita verde no decía

Lo que había pasado era una de esas cosas que pasan y que nadie ve venir. Siete meses antes, alguien había cambiado de sitio la carpeta de trabajo de la asesoría —todos los expedientes de los clientes, las declaraciones, las nóminas— al reorganizar el ordenador. El programa de copia seguía haciendo su copia cada noche, puntual, con su lucecita verde. Pero copiaba la carpeta antigua, la que se había quedado vacía. Durante siete meses, el aparato estuvo guardando, fielmente, todas las noches, una carpeta donde ya no había nada.

La lucecita verde no mentía. Decía la verdad: «he hecho la copia». Lo que no decía, porque no sabía decirlo, era «he copiado lo que no es». Nadie lo comprobó nunca, porque comprobar una copia es de esas cosas que no se hacen mientras no hace falta, y cuando hace falta ya es tarde.

La asesoría perdió siete meses de trabajo. Siete meses de expedientes, de cálculos, de documentos. No todo, porque parte estaba en correos y en papel, pero lo suficiente para tres semanas horribles, llamadas a clientes pidiendo que reenviaran cosas, y un mes de facturación tirado a reconstruir lo que ya estaba hecho.

Una copia no es una copia hasta que se restaura

Inma me llamó después, cuando ya había pasado lo peor, porque no quería volver a vivir aquello nunca. Y lo primero que hablamos fue esto, que es lo único que de verdad importa de las copias de seguridad y que casi nadie tiene en cuenta.

Una copia de seguridad no sirve de nada hasta que la has restaurado. Hasta ese momento es una promesa, no un seguro. Puedes tener un aparato, una lucecita verde y un ruidito cada noche durante años, y no tener nada, como tenía Inma. La única manera de saber si una copia funciona es cogerla, restaurarla en otro sitio y ver si lo que sale es lo que tenía que salir. Y eso hay que hacerlo de vez en cuando, no una vez al instalarlo y nunca más.

—Entonces, ¿la copia que yo tenía no era una copia?
—Era una copia. Lo que no era es una copia comprobada. Y una copia sin comprobar es como un extintor sin carga: parece que está, hasta el día del fuego.

Lo que montamos, que no fue gran cosa

Lo que hicimos en la asesoría de Inma no fue nada espectacular, y esa es justo la cuestión. La fiabilidad no es espectacular. Es aburrida, y por eso se descuida.

Pusimos copia en más de un sitio, porque una sola copia, en un solo aparato, en el mismo despacho, se va con el despacho si hay un incendio, una inundación o un robo. Una copia en el sitio y otra fuera, en un lugar seguro, automática, sin que nadie tuviera que acordarse de hacer nada.

Y, sobre todo, pusimos dos cosas que la lucecita verde no daba. La primera, una comprobación automática que cada cierto tiempo cogía la copia, intentaba restaurar una parte y avisaba si lo que salía no era lo que tenía que ser. Una copia que se vigila a sí misma. La segunda, un aviso de verdad cuando algo fallaba: no una lucecita que hay que ir a mirar, sino un mensaje que llega solo —«la copia de anoche no incluye la carpeta de clientes»— el día que pasa, no siete meses después.

Y una vez al trimestre, una prueba de fuego de verdad: restaurar todo en un equipo aparte y comprobar que la asesoría podría volver a funcionar con eso. Una mañana de trabajo cada tres meses. El precio de dormir tranquilo de verdad, no de creerse que se duerme tranquilo.

Lo que de verdad se compra

Inma me preguntó cuánto le costaba aquello al mes, y cuando se lo dije, se rió, pero de alivio.

—¿Eso es todo? Yo me gasté más que eso en reconstruir un mes de trabajo.

Le dije que casi siempre es así. Que la fiabilidad cuesta poco comparada con lo que cuesta no tenerla, pero cuesta antes, y por eso se pospone. Es como el seguro del coche: parece un gasto inútil todos los meses, hasta el mes del golpe.

Y le dije una última cosa, que es la que de verdad importa. Lo que se compra con una copia bien hecha no es una copia. Es poder decir «no pasa nada, tenemos copia» y que sea verdad. Inma lo había dicho durante años creyendo que era verdad. Ahora lo dice sabiendo que lo es. La diferencia entre las dos frases, que suenan igual, son siete meses de trabajo y tres semanas que no le deseo a nadie.

Porque en las copias de seguridad, como en tantas cosas de una empresa, el problema no es no tenerlas. Es creer que las tienes. Y eso solo se cura comprobando.

Tres preguntas para tu copia de seguridad

¿Alguien ha probado a restaurarla alguna vez? Si la respuesta es no, no tienes una copia: tienes una promesa. Una copia solo se confirma restaurándola y viendo que sale lo que tenía que salir.

¿Hay copia fuera del edificio? Una sola copia en el mismo sitio se va con el sitio en un incendio, una inundación o un robo. ¿Te avisa cuando falla, el día que falla? Una luz verde que hay que ir a mirar no es un aviso. La fiabilidad es aburrida, y por eso se descuida; cuesta mucho menos que el día que la echas de menos.

¿Cuándo fue la última vez que alguien probó tu copia de seguridad?

Si la respuesta es «nunca» o «no lo sé», merece la pena revisarlo antes de necesitarlo. Podemos mirar juntos cómo está protegida la información de tu empresa.

Hablemos